El proceso creador está situado en el borde del caos
La creatividad es una característica básica de los sistemas complejos
El proceso creador está situado en el “borde del caos”. Emerge a
partir de la “contradicción interna” entre elementos que se encuentran
simultáneamente tanto en cooperación como en competencia. Un ejemplo lo
constituye la evolución biológica, en donde hubo un proceso de
innovación evolutiva seguida de otro proceso de extinción masiva. Otro
ejemplo involucra la innovación tecnológica de las sociedades
industriales: al principio, surgen algunos diseños diferentes (de
bicicletas, automóviles, teléfonos celulares, computadoras), todos
igualmente viables y –transcurrido un cierto tiempo– se produce una
sobreabundancia de formas, sobreviven unas pocas de ellas y la
innovación se focaliza en los relativamente pocos diseños que quedan.
Ambos procesos son eminentemente creativos… Por Sergio Moriello.
Por el momento, no existe una definición precisa y absolutamente
aceptada de lo que es un sistema complejo, sino que existen muchas
propuestas alternativas. Esto se debe, probablemente, a que cubren toda
la jerarquía de sistemas, desde los sistemas subatómicos hasta los
sistemas sociales. No obstante eso, pueden darse algunas descripciones
comunes...
En primer término, está compuesto por una gran cantidad de
elementos (muchas veces más o menos parecidos, pero no siempre),
generalmente estructurados de forma irregular. Por ejemplo, el número de
células en un determinado organismo, o la cantidad de personas en una
cierta sociedad, pero no una montaña de arena o un cristal de cuarzo.
En segundo lugar, cada elemento interacciona con sus vecinos de
manera recíproca, interactiva y habitualmente no-lineal (ya que se crean
lazos de realimentación, muchas veces incluso múltiples), y en
distintas escalas espaciales y temporales, con lo cual se origina un
comportamiento colectivo “emergente” que no puede explicarse a partir de
dichos elementos tomados de forma aislada. Así, un gas se caracteriza
por la presión y la temperatura, propiedades que sus elementos
componentes (las moléculas) no poseen. Pero la interacción no es
ordenada ni al azar; es decir, cada elemento no interacciona sólo con
sus vecinos inmediatos (como en un cristal) ni con cualquier otro (como
en un gas)... lo hace más bien con un pequeño número de vecinos (en
algunos casos cercanos y en otros casos lejanos), formando redes.
Por último, es muy difícil predecir la dinámica futura de su
desarrollo; o sea, es imposible –en la práctica- vaticinar lo que
ocurrirá más allá de un cierto horizonte temporal (por cierto,
relativamente corto). Es que su comportamiento colectivo puede
modificarse drásticamente (con cambios, aceleraciones, ralentizaciones,
oscilaciones, etc.) como consecuencia de su elevada sensibilidad a las
condiciones iniciales. De allí que el análisis reduccionista se torna
poco eficaz.
Procesos, que no productos
Los sistemas complejos existen como procesos y no como productos;
no están terminados o definidos, no están “cristalizados”, sino que se
caracterizan por un continuo desarrollo, en un perpetuo “estar
haciéndose”. Se mantienen en un delicado equilibrio –dentro de ciertos
límites– gracias a sus subsistemas de regulación y de control. Pero su
comportamiento puede verse modificado –de forma imprevisible– por
cualquier variación entre sus elementos componentes o entre sus
relaciones.
Así, el desarrollo de esta clase de sistemas se caracteriza por la
“intermitencia” (o fluctuación), aquella danza creadora en la que el
orden y el desorden se alternan de manera cíclica para contribuir a la
organización del sistema. Por eso, estos sistemas nunca llegan a un
óptimo global, al estado de mínima energía. En general, se transforman
progresivamente hasta que llegan al límite de su desarrollo potencial.
En ese instante, sufren un desequilibrio, un desorden, una especie de
ruptura que induce una fragmentación del orden pre-existente. Pero,
después, comienzan a surgir regularidades que organizan al sistema de
acuerdo con nuevas leyes, produciendo otra clase de desarrollo (ver La
Auto-organización) [Moriello, 2003].
Las Luchas Internas
La antigua doctrina china de los complementos indica que todo
contiene su opuesto. Así, cada cosa contiene a la vez la cosa misma y su
opuesto; es una unidad de contrarios [Politzer, 2008, p. 174]. Como una
vez aseveró el filósofo griego Heráclito, “lo vivo y lo muerto, lo
joven y lo anciano coexisten en uno mismo; lo primero se transforma en
lo segundo y lo segundo en lo primero”.
Es que, en el interior de cada sistema –y de forma permanente– se
libra una “lucha” entre fuerzas diferentes y opuestas. Las fuerzas
dinámicas de estabilidad y orden “tratan de generar” las condiciones de
equilibrio y de organización. Las fuerzas dinámicas de inestabilidad y
desorden, en cambio, “tratan de generar” condiciones de desequilibrio y
de desorganización.
Es decir, existen antagonismos internos que dan origen al
comportamiento global de dicho sistema. Sus elementos se encuentran
tanto en convergencia (cooperación) como en divergencia (competencia),
por lo que existe una especie de “contradicción interna”, un “desacuerdo
consigo mismo”. Y es esta contradicción interna la que posibilita que
las cosas cambien, se transformen y evolucionen, ya que el cambio se
constituye como la solución de ese conflicto... [Politzer, 2008, p. 172 y
174]. En definitiva, dan origen al proceso creador.
Las contradicciones internas generan cambios que producen un
reajuste, el cual se opone a dichas contradicciones. Pero esos mismos
cambios son el origen de nuevas contradicciones, las cuales, a su vez,
inducen nuevos cambios, y así siguiendo. No obstante, estos sucesivos
cambios muestran una dirección definida, un “movimiento”, un cierto
proceso auto-organizador; en otras palabras: representan un proceso
dialéctico de desarrollo [Lange, 1975, p. 7]. Y, algunas veces, estas
contradicciones terminan destruyendo el sistema existente y dando origen
a la creación de un sistema nuevo con características muy diferentes a
las de su predecesor [Politzer, 2008, p. 204].
La Auto-organización
La variación y el cambio son etapas inevitables e ineludibles por
las cuales debe transitar todo sistema complejo para desarrollarse.
Responden a una ley muy general: transformación no-lineal, con
discontinuidades en su estructura funcional, a través de sucesivas
reorganizaciones [García, 2006, p. 75/6]. Es que el orden y el desorden,
la desorganización y la reorganización, se necesitan el uno al otro,
son interdependientes y constituyen la potencialidad creadora. Aunque
antagónicos son, al mismo tiempo, conceptos concurrentes y
complementarios, aspectos constitutivos de la realidad.
En ciertos casos, un poco de desorden posibilita un orden
diferente y, a veces, más rico. Así, por ejemplo, un organismo puede
seguir viviendo –a lo largo de los años– a pesar de la continua
renovación de sus células; una organización se perpetúa –durante
décadas– aunque haya un periódico recambio de sus miembros; o una ciudad
puede seguir existiendo –a lo largo de los siglos– a pesar de la
constante renovación de sus elementos (personas, casas, edificios,
plazas, calles, cines, etc.) [Moriello, 2004].
La capacidad de auto-organización se erige como parte esencial de
cualquier sistema complejo. Es la forma como surge espontáneamente un
orden en el sistema a partir de la interacción de sus elementos, el cual
le permite modificarse y acoplarse cada vez más estrechamente con el
entorno que lo rodea y contiene [Moriello, 2004]. Para alcanzar ese
estado, son claves los procesos de realimentación, que posibilitan
transmitir los cambios por todo el sistema con mucha fluidez.
En los fenómenos de auto-organización es fundamental la idea de
estructuración –disipativa y espontánea– sobre la base de niveles. Las
interrelaciones entre los elementos de un nivel originan nuevos tipos de
elementos en otro nivel, los cuales se comportan habitualmente de una
manera muy diferente (con una dinámica propia) [Resnick, 2001, p. 199].
Por ejemplo, de las moléculas a las macromoléculas, de las
macromoléculas a las células y de las células a los tejidos. De este
modo, el sistema auto-organizado se va construyendo paulatinamente como
resultado de un orden incremental espacio-temporal que se crea en
diferentes niveles, por estratos, uno por encima del otro y guiado por
sus propias metas.
El Borde del Caos
Todo sistema lo bastante complejo –sea un organismo, una mente,
una organización, una sociedad o un ecosistema– evoluciona de forma
natural hacia y se mantiene dentro del estrecho dominio de
“inestabilidad limitada”, oscilando periódicamente entre el orden
inmutable y el desorden total, entre la constancia rígida y la
turbulencia anárquica [Goodwin, 1998, p. 222]. Se trata de una condición
especial, con suficiente orden (estabilidad) como para poder almacenar
información-organización y desarrollar procesos, pero con una cierta
dosis de desorden (inestabilidad) como para transmitir
información-organización y ser capaz de adaptarse a situaciones
novedosas.
Este difuso dominio transicional entre el orden y el caos es lo
que se conoce como el “borde del caos” o el “estado crítico”. Es en esta
delgada franja en donde los principales elementos del sistema
encuentran el número adecuado de conexiones y mantienen una óptima
comunicación, de forma tal que son máximas las capacidades potenciales
de cambio y creación. En efecto, si bien muchas perturbaciones ejercen
una pequeña influencia sobre el sistema, algunas pocas pueden generar
cascadas de cambios (fenómenos de avalancha o de catástrofe). Es aquí
donde se ubican los fenómenos emergentes propios de los sistemas
vivientes, organizacionales y sociales [Moriello, 2004].
El comportamiento emergente será tanto más impredecible cuanto más
complejo sea el sistema. Puede observarse, por ejemplo, en las hormigas
(así como también en otros insectos sociales, como las termitas y las
abejas) [Goodwin, 1998, p. 92/5 y 230/3]. Tomadas de manera individual
no son para nada inteligentes. No obstante, al juntarse un suficiente
número de ellas se observará una actividad colectiva de lo más
interesante e inesperada. Cuando la densidad de hormigas es baja, la
colonia se comporta de modo caótico, ya que hay escasos individuos y
pocos encuentros entre ellas.
Pero, a medida que la densidad se incrementa, los encuentros se
multiplican de manera exponencial y los patrones de actividad comienzan a
distribuirse de manera más uniforme. Cuando la densidad alcanza un
determinado valor umbral –súbitamente– estos patrones rítmicos se
propagan y afectan a toda la colonia. En este punto, el caos vira a
orden y el sistema se comporta de un modo colectivo no predecible a
partir del comportamiento de sus elementos individuales. Podría
concluirse, entonces, que las colonias regulan su propia densidad
generando un orden emergente –un comportamiento global coherente– que
las abarca totalmente y que las sitúa, de manera dinámica, en el borde
del caos.
El Proceso Evolutivo
El proceso evolutivo hace referencia a la dinámica de
transformación que experimenta un sistema complejo durante su desarrollo
temporal. No es continuo y gradual, sino que se verifica a través de
una sucesión de desequilibrios y reorganizaciones [García, 2000, p. 77],
exhibiendo toda la creatividad de la que hace gala la Naturaleza.
Aunque desordenado e impredecible, es un proceso cibernético, ya que
parece revalidar constantemente sus modelos y autocorregirse por
supresión de errores. Y se verifica en muchos tipos de sistemas
(biológicos, psicológicos, sociológicos, tecnológicos, etc.).
El patrón de desarrollo viable que permite la evolución creativa
de un sistema desde la relativa simplicidad hasta la relativa
complejidad se puede concebir como el resultado de un proceso dialéctico
de diferenciación (de estructuras) e integración (de funciones)
[Heylighen, 2008]. La diferenciación produce variedad, división del
trabajo y desorden; mientras que la integración produce constricción,
incremento en el número o en la intensidad de las conexiones y orden.
Ambos procesos producen una jerarquía de metasistemas anidados que
tienden a auto-reforzarse [Heylighen, 1988]. Cada nuevo nivel
trasciende al anterior, así como lo incluye. O sea, cada nuevo nivel va
más allá del anterior (en cierto sentido lo supera) y, a la vez, lo
incluye en su propia organización. En este sentido, resulta bastante
evidente cómo la sociedad “es más” que el individuo, pero que igualmente
lo incluye en su conformación.
Un ejemplo lo constituye la evolución biológica, en donde hubo un
proceso de innovación evolutiva seguida de otro proceso de extinción
masiva. Otro ejemplo involucra la innovación tecnológica de las
sociedades industriales: al principio, surgen algunos diseños diferentes
(de bicicletas, automóviles, teléfonos celulares, computadoras), todos
igualmente viables y –transcurrido un cierto tiempo– se produce una
sobreabundancia de formas, sobreviven unas pocas de ellas y la
innovación se focaliza en los relativamente pocos diseños que quedan
[Lewin, 2002, p. 90]. Ambos procesos son eminentemente creativos…
* Sergio A. Moriello
es Ingeniero en Electrónica, Postgraduado en Periodismo Científico y en
Administración Empresarial y Magister en Ingeniería en Sistemas de
Información. Lidera GDAIA (Grupo de Desarrollo de Agentes Inteligentes
Autónomos, UTN-FRBA) y es vicepresidente de GESI (Grupo de Estudio de
Sistemas Integrados). Es autor de los libros Inteligencias Sintéticas
(Alsina, 2001) e Inteligencia Natural y Sintética (Nueva Librería,
2005).
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