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mercredi 7 septembre 2011

Los orígenes del Manuscrito de Los Comunes


Como ya sabemos esto nunca sucedió, los aguaceros continuaron e inundaron todo. Al temporal sólo le siguió el miedo, un miedo pertinaz que caló hasta los huesos, y que se extendió como una plaga. Fue en extremo extraño, pero las formas corporales cambiaron, muchos se encorvaron como esperando a que se dispersaran los cielos grises. Doblados y contraídos, los habitantes urbanos experimentaron la violenta coherencia de una nueva corporalidad: la mirada cambió, obligada a dirigirse al suelo, al igual que el paso, más corto y lento. Tal fue así, que por la cinética de sus movimientos y la extraña proyección de sus cuerpos, comenzaron a ser conocidos con sobrenombres del reino animal: erizos, cucarachas, pero sobre todo tortugas. En el nuevo teatro de sombras en el que se convirtieron las calles de Madrid, se podían ver decenas de miles de formas proyectadas sobre las aceras, curiosa mezcla entre humanos y galápagos, extraña confusión de morfologías producto de las curvaturas del miedo.
Así fueron pasando los meses y los años. Todavía hoy, produce cierto cosquilleo en el estómago, pues hasta los sectores más activos de aquella sociedad, acabaron adoptando la posición encorvada, mientras se preguntaban por qué razón no había habido una revuelta, un estallido social o al menos un debate sincero sobre lo que estaba ocurriendo. Argumentos no les faltaban, pues fue entonces cuando se privatizaron la sanidad, la educación y hasta el agua y el aire. La persecución a los inmigrantes fue constante y el capitalismo financiero, en continua y acelerada caída, no dejó de meter su mano en todo aquello que oliese a dinero. Mientras, los políticos, quizás de los pocos que todavía se mantenían erguidos, lanzaban discursos solemnes sobre el compromiso público con la ciudadanía, o bien dejaban escapar insultantes sonrisas mientras pedían paciencia y reclamaban que todos arrimasen el hombro, «eran tiempos difíciles» decían.
Pero la crisis siguió. Y a fuerza de esperar a que escampase, los barrios se deterioraron, el paro creció hasta dejar a cerca de la mitad de la población sin fuentes de renta seguras, y lo que fue peor, el mal de la curvatura lumbar se hizo más agudo. Sólo unos pocos se atrevieron a reclamar algo de dinero para aliviar los dolores de espalda. Inmediatamente fueron acallados, ese dinero debía destinarse a reflotar la maltrecha economía. Por otra parte, la reivindicación no sólo era arriesgada, sino temeraria, pues la crisis no podía permitir ningún alivio que impidiese a sus habitantes desviar la mirada del suelo. La solución a la crisis pasaba porque todos tuviesen los ojos y los pies clavados en tierra, en la más evidente de las necesidades materiales de su propio cuerpo. El dolor era necesario.
No fue hasta 2015, cuando las reivindicaciones paliativas fracasaron, cuando algunas, en un ejercicio de valentía que todavía se recuerda, decidieron afrontar lo que les hacía mirar hacia abajo, señalando la causa última del encorvamiento generalizado: el miedo. Semejante atrevimiento podía tener sus costes, al recuperar la antigua posición corporal, que los habitantes de la ciudad habían perdido hacía ya más de una década, los ojos, acostumbrados a la sombra que imprimía el propio cuerpo, podían resultar abrasados. Levantar la vista podía quemar las retinas, se decía. Es cierto que quienes se propusieron este desafío tardaron un tiempo en recolocar sus cervicales y el resto de sus vértebras hasta volver a la posición original. Pero normalmente el ejercicio de reconstrucción duraba poco, y en unos pocos días se podía recuperar una visión completa, de arriba a abajo, de la ciudad.
Las cosas habían cambiado mucho, la mayoría estaban peor. La destrucción de los servicios públicos, el paro, la degradación de los barrios o el aumento de la pobreza ofrecían imágenes de una tierra devastada. Pero ¿qué hacer? Muchas cosas sin duda. En las zonas más afectadas se organizaron comisiones que daban apoyo básico frente a problemas y situaciones de urgencia. También se tomaron las plazas y se ocuparon casas vacías y solares abandonados, a fin de al menos tener techo y organizar algunos servicios elementales, desde una mínima asistencia sanitaria hasta la formación elemental de aquellos que habían sido expulsados de las escuelas privatizadas. Ponerse erguido comenzaba a tener sentido, más allá de la valentía de las primeras osadas.
Pero la realidad no era la misma para toda la ciudad. En ocasiones, las caóticas avenidas, eran atravesadas por coches espectaculares, que iban y venían a gran velocidad; en algunas calles se veía un lujo increíble, plagadas de tiendas como museos y palacios como catedrales. Siguiendo los pasos de los habitantes que las frecuentaban, todos ellos erguidos y despreocupados, se acababa en un puñado de zonas residenciales fortificadas. Allí vivían los súper-ricos, los que habían aprovechado la crisis para aumentar sus fortunas.
La pregunta era obvia. Si el miedo a la crisis parecía haberse instalado en toda la sociedad ¿cómo es posible que un sector de la misma saliera indemne, o incluso beneficiado? La respuesta también lo era. Los recién incorporados vieron todo lo que les habían robado mientras andaban con la mirada perdida en el suelo. La crisis había sido un simple robo. Era sencillo, la riqueza que entre todos y todas se había producido seguía ahí, sólo que ahora estaba mucho peor repartida.
Era el momento de pensar. Y las comisiones de apoyo se propusieron hacer inventario del saqueo. No podían dedicarse simplemente a gestionar la miseria. Las protestas y las luchas incipientes, siempre reprimidas, acabaron por concluir en la redacción de un programa. Se trataba de redactar una constitución que invirtiese la situación y estableciese los derechos que correspondían a todos los habitantes de la ciudad de Madrid. A esta ley la llamaron la Carta de los Comunales. Y para su redacción volvieron a la época del Medievo. Pues entre legajos y fueros antiguos, encontraron una palabra, «común», que no podía ser definida ni por referencia a la propiedad privada ni al Estado, apostando por un modo (comunitario) de hacer las cosas que nada tenía que ver con el mercado. La Carta encarnaba el espíritu del momento, propugnaba un nuevo estatuto ciudadano en el que las instituciones públicas fuesen exorcizadas igualmente de la burocracia y de los intereses económicos, reconducidas a un territorio nuevo (los comunales), lejos de la clase política y los flujos financieros.
Como en toda coyuntura histórica que encuentra una lectura adecuada, la Carta concitó el interés de la mayoría. Fue apoyada por cientos de miles de ciudadanos y prohibida por las instituciones municipales y regionales, quedando proscritas aquellas juntas comunales que empezaron a crearse. La tensión no cejó desde entonces. Las comisiones crecieron y su capacidad para gestionar servicios cada vez más amplios, llegó a generar lo que podríamos llamar el embrión del primer procomún urbano. La paradoja es que si por un lado la represión fue brutal y salvaje contra las manifestaciones y huelgas sociales, no se atrevió con las redes de apoyo y subsistencia que hacían funcionar ya buena parte de los recursos de la ciudad. La Carta acabó así por convertirse en una especie de mantra de resistencia. Como los cuentos de los pueblos antiguos, desde entonces, ha seguido siendo recitada por miles de espontáneos, promesa de realidad los nuevos adeptos a la resistencia.
Hoy, tocando a su fin el año 2023, con más de diez años de insurrección permanente a nuestras espaldas, reproducimos por primera vez sobre papel sus primeras versiones, las más poéticas: modesto homenaje a aquellos primeros resistentes que se atrevieron a vivir erguidos.

Capítulo Primero: De los comunes y su gestión

Art. 1. Salvo especiales circunstancias discutidas por la comunidad, nada de lo que ha sido creado, pagado o sostenido con esfuerzo común puede ser convertido en otra propiedad que no sea común, sin que en ello importe lo que la legalidad o los registros de propiedad hayan establecido previamente.
Art. 2. Todo aquello que el común considere como bien o servicio común será considerado tal. El común no tiene más límite que lo que se decida comunmente, sin menoscabo de otros derechos fundamentales como la libertad de expresión, reunión, manifestación o a la tenedura de una razonable propiedad privada.

Art. 3. Todo servicio o bien común será regulado de acuerdo a los siguientes cuatro principios:
a) Universalidad, el acceso a estos bienes y servicios comunes deberá ser universal y abierto a todos los residentes de la ciudad, sin mayor contrapartida que la buena disposición y trabajo de la comunidad para su sostenimiento y mejora. Estas aportaciones serán, en parte, reguladas por vías fiscales sobre el principio de «quien más tenga más aporta» y, en parte, mantenidas por los trabajos colectivos que sean necesarios.
b) Sostenibilidad, las únicas restricciones de usos y aprovechamientos deberán estar fijados en razón al mantenimiento intacto, cuando no mejorado, de las condiciones materiales de reproducción de los bienes comunales.
c) Democracia, los criterios de gestión y uso deben ser transparentes y democráticos. A ese efecto todos los recursos serán administrados por una Junta Comunal, a la que tendrán derecho y obligación de asistencia todos los miembros concernidos por el recurso. Las juntas comunales serán de un tamaño lo suficientemente pequeño como para que todas las personas congregadas se puedan escuchar en una misma sala y lo suficientemente grande como para que el recurso sea viable, siendo el tamaño de cada recurso determinado por las necesidades de cada asamblea. Cuando las condiciones no lo hagan necesario, la administración se realizará según las normas de uso común o por reglas fijadas por una asamblea fundacional, siendo su administración cotidiana realizada por personas duchas y capaces en los menesteres técnicos requeridos. Sea aquí establecido este principio fundamental de los comunes: que estas personas, por mucho que sea su saber, no tendrán capacidad para modificar las normas fundamentales, siendo todo conflicto importante o toda modificación esencial resultado de las deliberaciones de la asamblea competente. A fin de confirmar el mandato democrático se dispone la revocabilidad de las personas que presten servicio en puestos técnicos o expertos. Así mismo se establece como principio y derecho, la transparencia en el acceso libre y directo a la información producida en el ámbito de gestión o decisión sobre los citados comunes.
d) Inalienabilidad, la gestión privada, estatal o comunitaria no puede en ningún caso confundirse con la propiedad de los bienes y servicios de propiedad común, que no podrán ser enajenados a manos de terceros.

Capítulo Segundo: De las cosas naturales como la tierra, el agua o el aire

Título primero: De las cosas naturales como bienes comunes


De las primeras verdades que aprende cualquier sociedad es que la tierra no puede, en rigor, tener dueños, pues la mayor parte de las cosas que la facen no son propiedad de nadie, ni pueden serlo. La producción biológica, el ciclo del agua o la mezcla de los gases de la atmósfera pueden ser trastornados por humana mano, pero no dominados de pleno derecho. Y aun si dijéramos, como parece quererse, que en nuestros tiempos el dominio de la naturaleza está completado y cerrado de una vez por todas, no podríamos decir que tal control de la tierra y sus ecosistemas haya llevado a su mejora. Siendo antes cierto lo contrario, pues en todas partes la destrucción avanza y los recursos menguan.
Es sabido también por las sociedades antiguas, que los límites físicos a la apropiación de la naturaleza, hacen de buenas razones para evitar la conversión de la tierra en propiedad privada. Y esto, en la peculiar forma en que es posible tal propiedad, esto es, la propiedad privada de los productos finales de la tierra. Es, de otra parte, hecho reconocido que las tierras comunales, en la medida en que proveen de un sustento material para todos, suponen una garantía para la reproducción de la sociedad. Y que fue precisamente por ello por lo que ésta fue objeto de ataque: primero por los señores feudales, y luego de los nuevos burgueses, en esa inefable operación de cercamiento de los campos, cuyas consecuencias ya conocemos en forma de «miedo al hambre», vagabundeo y desposesión.
Cierto es también que la tierra en común sólo se garantiza si queda asegurada la reproducción de los bienes que la naturaleza provee. Y que al dañar irreversiblemente los productos de la naturaleza y las relaciones de los ecosistemas, a quien se pone en peligro es a la propia existencia humana, y no a una economía descarnada. Es por ello que la tenencia en común de tierra y bienes naturales son garantía de sostenibilidad. Y que frente al decir que lo que «es común no es de nadie» y que no hay mejor forma de agotar un bien que el hecho de que no tenga «dueño», habrá que afirmar que no se puede garantizar mejor lo común que si es de todos y a todos importa. Siendo «todos» la comunidad de iguales cuyas normas son azote de explotadores y oligarcas que por sus normales negocios agotan estos recursos que tanto cuestan.
Art. 4. Se reconoce por esta Carta el carácter contingente y finito de la apropiación de los productos de la naturaleza y la autonomía de las relaciones internas de los ecosistemas frente a los distintos modelos de propiedad. A este propósito se someterán a examen todas las formas de contabilidad al uso, para evitar las trampas que tan frecuentemente hacen pasar por extracción de riqueza la destrucción material del entorno.
Art. 5. Se reconoce también que las instituciones sociales deberán acoplarse a los ecosistemas que humanos, flora y fauna forman, atendiendo siempre a la conservación y mejora de los delicados equilibrios que entre éstos se construyen. Y que lo harán según formas igualitarias en las que tenga voz toda persona afectada por el uso y explotación de los mismos.
Art. 6. El aire y el agua, el mar y sus costas son bienes comunes. Pues así lo decía ya el derecho romano: Naturali iure communia sunt omnium haec: aer et aqua profluens et mare et per hoc litora maris.
Art. 7. Son también comunes los montes, bosques y pastos que todavía existieren a 100 leguas alrededor de Madrid y como tales serán desde ahora mantenidos y aprovechados. Al igual que los regadíos, campiñas y campos que no sean de propiedad y trabajo de una sola familia.
Art 8. Por esta Carta se recogen los tristes restos de las legislaciones del llamado «dominio público», como el dominio marítimo-terrestre y las riberas de los ríos, así como los montes de utilidad pública.

Art. 9. Siendo montes y bosques propiedad común, éstos serán agrupados en grandes lotes para su administración por las Juntas Comunales formadas a tal propósito.

Art 10. Igualmente se establecerán Juntas de Cuidado del Agua y el Aire que velarán por su calidad y buen uso, vigilando y castigando los derroches y sus malos usos.

Art. 11. Los campos que no siendo de propiedad y trabajo de una familia serán repartidos en usufructo a aquellos interesados y amantes del noble arte del cultivo, con el fin de que sean los frutos de sus huertas los que nutran y alimenten a madrileños y madrileñas.

Título segundo: De los bienes naturales y su gestión común en Madrid y en otras regiones del mundo


Cierto es que los comunes son motivo de guerra y enemigos de los grandes poderes del mundo. Pues si en las naciones ricas ha ya tiempo que las tierras pasaron a privadas manos, en las pobres son todavía comunes en buena proporción. Mas siendo estos comunes obstáculo a la explotación de minerales y plantaciones, han sido los países ricos quienes han promovido su cerco y brutal aprovechamiento. Y esto sin mayor rubor. Es así esta paradoja: si en sus discursos abogan por lo verde, en la realidad acaban en lo marrón, y mas pareciera que siendo de boca ecologistas no son sino los lobos de nuevas formas de expropiación. De lo que se deduce que los comunes serán para todos los pueblos y naciones o no serán, y que es voluntad de esta Carta que su ámbito no quede en Madrid, sino que a todo el mundo se extienda.
Art. 12. Siendo las juntas de comunales pequeñas y ajustadas al tamaño de los recursos, serán capaces de federarse hasta abarcar la gestión de los inmensos comunes de este mundo como los grandes bosques, los océanos y la atmósfera. Pues es menester que siendo mar y aire comunes universales, sean bien gobernados para poner fin a su constante empeoramiento.

Art 13. No habrá comercio basado en la expropiación de otras partes del mundo en las que la propiedad privada del suelo se mantenga, o aun peor, aumente. Es así que toda forma de comercio será entre comunidades que mantengan y conserven sus comunes.

Art 14. Es propósito de esta Carta y de otras semejantes saldar la deuda ecológica que a pobres y ricos hoy tanto separa.
Art. 15. Es atentado contra el común todas las formas de privatización clara o encubierta del suelo, así como el envenenamiento de mares, aguas y cielos. Siendo esto gran problema, serán sus responsables expulsados de la comunidad.


Epílogo: La reinvención de los comunes…


O sobre la necesidad de dotar de autonomía política a la reproducción social
Aunque nos gusten los arcaísmos, el lenguaje medievalizante y recordar que los comunes fueron la forma más acabada de vínculo comunitario de la que queda registro, éste no es un texto nostálgico.  No queremos un retorno a un pasado edénico, ni a una nueva Arcadia rural, sino encontrar, de nuevo, instituciones sociales en las que se unan solidaridad social, empoderamiento político, eficiencia económica y uso sostenible de los recursos; instituciones que nos sirvan para defendernos políticamente frente a la actual rapiña financiera que está en el centro del mecanismo de reproducción del capitalismo contemporáneo. Se trata, en definitiva, de aprender del pasado, no de volver a él.

Breve historia de los comunales y la propiedad pública


Recuperemos el hilo de la historia: los comunes eran fundamentalmente una estrategia para garantizar la reproducción social de forma independiente del poder arbitrario de los señores feudales —al igual que hoy ocurre con numerosas comunidades rurales. Sean cuales fueran las demandas y las exacciones de los señores, las reservas de tierra comunal, suponían una garantía de supervivencia para aquellos menos favorecidos por el régimen de propiedad, así como una base de protección para los campesinos mejor situados. De esta manera, se forjaron varias capas de protección social. Por un lado, se impedía que la depredación feudal se produjese a costa de la comunidad como tal y, por otro, se garantizaba la explotación sostenible de los recursos naturales. En este arreglo, solidaridad social y sostenibilidad se complementaban perfectamente: en la medida en que los bienes y servicios naturales se situaban, de hecho y de derecho, en la base material de la reproducción comunitaria su destrucción era la destrucción de la propia comunidad.
Se ha señalado en innumerables ocasiones que la pérdida de estos bienes comunes fue indispensable para fabricar un estrato proletario desposeído y dependiente que finalmente fue conducido hacia la producción fabril capitalista en buena medida gracias al «miedo al hambre» como principal motor de sus motivaciones. También se ha señalado que, a la larga, esta desposesión generó una fuerte polarización social que cargó una enorme tensión sobre la reproducción social, y, por extensión, sobre la reproducción de la fuerza de trabajo. Por su parte, los movimientos obreros nacieron como contrapeso a esta enorme fuerza de desposesión. Su historia se reconoce en una suerte de recomposición comunitaria —bajo la forma de la llamada clase obrera—, que utilizó en su desafío total al capitalismo una mezcla de instrumentos analíticos nuevos dirigidos a comprender el modo de producción, con formas tradicionales de generación de vínculos sociales en buena parte heredadas de la memoria de las comunidades previas, que se sostenían como colectividades coherentes gracias al régimen de los comunes.
En este marco, y a lo largo de los siglos XIX y XX, la respuesta a las sucesivas oleadas de la lucha de clases vino de la mano la propiedad pública, una versión estatalizada del concepto de propiedad social —«la propiedad de los no propietarios»—, y en cierta medida un sustituto de los antiguos comunales. En este régimen de propiedad, el Estado asumía la responsabilidad sobre la reproducción social. Su función consistía efectivamente en la producción de bienes públicos, un tipo de producción simplemente imposible bajo un régimen de propiedad privada mercantil.
De esta manera, el Estado logró interiorizar buena parte de la dinámica histórica de la lucha de clases; e incluso, después la Segunda Guerra Mundial con la universalización del modelo keynesiano-fordista, de la dimensión conflictiva de la reproducción social. Apaciguada ésta por la progresiva expansión de la propiedad pública, se fue dando paso a una forma de ingeniería social en la que, bajo la figura del impulso a la demanda efectiva y mediante el crecimiento de los salarios directos e indirectos, capital y trabajo encontraron una frágil esfera común de intereses. Desde este lugar, se dio el mayor impulso conocido hasta la fecha de las instituciones del Estado de Bienestar. Educación, salud, vivienda fueron en gran medida desmercantilizadas, redenominadas con el adjetivo «públicas», y elevadas a conquistas civilizatorias de un nuevo modelo de reproducción social.
Como es conocido, el reverso de este pacto fue una progresiva incorporación de la reproducción social a la maquinaria del Estado que puso a las nuevas instituciones del Estado de Bienestar bajo el control de una casta de «expertos» que efectuaban las tareas de gestión del nuevo patrimonio público. Este movimiento de burocratización, terminó siendo decisivo cuando, a partir de la crisis de 1973, la caída de la rentabilidad capitalista provocó la ruptura del pacto entre capital y trabajo, que ya se encontraba tocado por la nueva ofensiva social y obrera de los 68′. Pero el desarrollo político de la crisis de los setenta también se llevó por delante los arreglos institucionales de las élites capitalistas ligadas a la producción, dando paso al dominio hegemónico del capitalista en dinero (rentista) y de las finanzas globalizadas. El resultado de esta doble ruptura fue que las políticas keynesianas para impulsar la demanda, el marco técnico desde el que se había incorporado la reproducción social a la gestión tecnocrática, terminó por perder cualquier significado político y económico desde el punto de vista del capital.
Según un guión bien conocido, la nueva ideología de la contrarrevolución neoliberal, que sirvió de principal instrumento de reorganización de la clase capitalista, ha considerado, y considera, que la vivienda, la salud, la educación ya no son salvaguardas de la reproducción de la fuerza de trabajo, antes útil al fin y al cabo al propio curso de la acumulación capitalista, sino limosnas más o menos generosas que se otorgan a una mayoría social que se ha vuelto dependiente del Estado y que ha olvidado los valores de sacrificio y trabajo individual. Esta liquidación de las políticas del bienestar, en ausencia de las formas de lucha que habían colaborado a su creación, ha puesto a las instituciones de propiedad pública, en la picota de una versión monetaria estrecha y en gran medida ideológica de la eficiencia: pasando a ser concebidas como simples costes en el balance de las cuentas del Estado.
El paso siguiente ha sido desprenderse de unos «servicios», ya no derechos, que ahora se consideran simples cargas para el capital. El método no ha sido otro que la mercantilización y la privatización de algunos espacios esenciales para la vida social. La misma casta de «expertos» que se había hecho cargo de la gestión de la propiedad pública adquirió entonces el encargo de ejecutar su liquidación. Este movimiento se está produciendo «curiosamente» en un momento en el que el capitalismo histórico empieza a encontrar grandes dificultades para seguir manteniendo las tasas de beneficio que caracterizaron al capitalismo industrial de la edad de oro de la postguerra mundial. Los ciclos industriales ya no producen lo suficiente para mantener la máquina del beneficio capitalista a flote y las antiguas conquistas sociales aparecen como los «nuevos comunes» sobre los que lanzar una ofensiva en busca del beneficio perdido.
Las finanzas, con su capacidad sancionada institucionalmente para producir dinero, se han convertido en la punta de lanza de este proceso. Así, lo que antes eran garantías públicas pasan a ser «activos» financieros, con un valor negociable en los mercados globales de capitales, donde, por decirlo suavemente, la reproducción social importa bien poco. Para tener un buen ejemplo de este proceso no tenemos más que fijarnos en cómo una garantía social pública como las pensiones de jubilación se han convertido, a través de los planes privados, en gasolina para las grandes operaciones financieras. O de cómo ese otro antiguo derecho a la vivienda se ha convertido en una masa de deuda hipotecaria que transfiere permanentemente recursos de las familias a las finanzas.
Pero ese proceso al que llamamos financiarización, no sólo convierte paulatinamente los antiguos servicios sociales y derechos de ciudadanía en activos cotizados en los mercados financieros e inmobiliarios, también colonizan nuevos espacios mercantiles. Los activos naturales (aire, agua, suelo, energía) sufren con especial gravedad el embate de una nueva colonización financiera que los pone (al igual que a sus usufructuarios tradicionales) a los pies de un modelo de acumulación intensivo en materiales y vertidos. Por otro lado, relaciones sociales tradicionalmente ajenas al mercado, como puedan ser los cuidados, también aparecen como nichos de negocio que se presentan como soluciones a la disolución de las relaciones sociales que ha provocado la propia mercantilización y financiarización de la vida cotidiana.
El resultado de todos estos procesos involutivos de colonización de los distintos flancos del núcleo de la vida social es el poderoso estrés que hoy caracteriza a la esfera de la reproducción. Podemos identificar esta tensión como una forma de precariedad generalizada que se traduce en tener que vivir al día y que nos lleva de vuelta a ese presente contínuo que ha caracterizado históricamente la experiencia del tiempo para el proletario desposeído.

La estrategia de los comunes

La estrategia de los comunes
Frente a la pérdida del sustento material que actualmente sufrimos, debido a la depreación del capitalismo financiero, las instituciones del común funcionan con una lógica completamente distinta, asegurando el sustento material para unas relaciones sociales no dependientes. La diferencia de esta construcción de instituciones es de orden social: las relaciones comunitarias. O dicho de otro modo, la recuperación de las esferas de la reproducción social que garantizan la vida en común no puede hacerse desde una relación mediada institucionalmente, sino que ésta debe colocarse en el punto en el que se anuda la materialidad de las relaciones comunitarias. Valor de uso, sostenibilidad y gestión colectiva y transparente son algunas de sus encarnaciones. Por eso es necesario entender que lo común no se deja reducir a los estatutos de propiedad existentes, ni la propiedad privada ni la propiedad pública están hoy en condiciones de realizar este proyecto de recuperación de los mecanismos sociales de reproducción, ni por extensión de recuperar o articular forma alguna de sociabilidad no sumisa al mercado. Quizá el sentido de la pregunta pertinente vaya en una dirección completamente opuesta ¿Cómo se podría redefinir la propiedad pública y la propiedad privada una vez que los mecanismos materiales y políticos que garantizan la existencia hayan sido recuperados?
Habrá quien señale que en la perspectiva que desarrollamos en este texto se soslayan algunos aspectos centrales del régimen actual de dominio y explotación capitalista. A primera vista, tanto la problemática de la propiedad de los medios de producción y el gobierno del trabajo, lo que podríamos llamar la problemática comunista tradicional, o incluso la cuestión general del gobierno democrático del cuerpo social, la representación política, quedan fuera del alcance de la estrategia de los comunes.  Quizá sea necesario entender pues, cuál es el alcance concreto de la estrategia de los comunes. Se trata, como venimos diciendo, de señalar una serie de campos necesarios para la reproducción de la vida social y de recuperarlos, blindándolos ante las distintas formas de sumisión al mercado, que no es sino la mejor forma de garantizar su desaparición. Cuando se tiene en cuenta la fusión práctica entre los ámbitos de la producción y de la reproducción, es difícil pensar que la conquista de espacios libres para la reproducción social pueda no tener influencia sobre la producción. De hecho, los antiguos commoners (comuneros) medievales lograron, gracias al control de estos mecanismos, una autonomía casi completa sobre el proceso de trabajo que les permitía simplemente no tener que vender su fuerza de trabajo y mantener controlada su actividad económica dentro de los límites de instituciones formadas por fuertes redes de pertenencia como la familia o la aldea.
Las instituciones del común implican, pues, un cambio en el enfoque habitual de las luchas sociales, que aunque repercute sobre algunos procesos de gobierno del trabajo, aligerando notablemente la carga del dominio capitalista, necesita como complemento de otras formas de gestión que se dirijan hacia el centro clásico de los mecanismos de explotación capitalista. La extensión de la propiedad común sobre la reproducción social apunta a una desmonetarización y desmercantilización de la vida. En cierta forma se trataría de una desproletarización de masas que se opone a la lógica de la violencia de la desposesión, sin que ello vaya en contra de nuevos derechos propiamente monetarios de acceso a la renta, como la Renta Básica. En cualquier caso, la extensión de los comunes supone tanto una apuesta por la autonomía de la reproducción social como por el reforzamiento del vínculo comunitario y se opone, por principio, a las versiones de la Renta Básica más cercanas al liberalismo, es decir, aquéllas que no problematizan la mercantilización de la vida social.
Una argumentación parecida puede realizarse sobre las posibilidades de una nueva política democrática. La liberación de los comunes instaura una política democrática directa sobre aquellos aspectos que forman parte de la reproducción social. Aún cuando este proceso supone una redefinición total del sistema político, no aborda directamente lo que en términos tradicionales podríamos llamar el problema de la representación, al menos en las escalas y niveles más altos de gobierno, aquéllos en los que no caben todos los concernidos en una habitación (grande). Por lo tanto, puede coexistir con otras propuestas para la democratización del cuerpo social y la generación de nuevas instituciones de gobierno.
Pero, a pesar de la persistencia de estos problemas clásicos, hoy, en un momento en el que el desarrollo histórico de la crisis refuerza la hegemonía política de la financiarización, nos enfrentamos al hecho de que la extracción de plusvalía ya no se produce por los mecanismos clásicos de la producción capitalista, sino por métodos financieros como los mercados de crédito que canalizan hacia el capital financiero cantidades crecientes del producto social. No sin similitudes con las exacciones feudales arbitrarias, la financiarización produce beneficios captando progresivamente una mayor parte del producto social, centralizándolo, y redistribuyéndolo conforme a criterios que responden únicamente a sus estrategias de poder. El resto del cuerpo social, las grandes mayorías sociales y las instituciones públicas, quedan sometidas a un régimen de escasez de recursos que determina las relaciones sociales. Controles del gasto público, privatizaciones, estancamiento salarial, degradación de las condiciones laborales, desempleo, no hace falta buscar mucho para encontrar las manifestaciones más visibles de este régimen de restricción generalizada. En realidad, a partir de este punto se abre un régimen disciplinario en el que volvemos a encontrarnos con el clásico motor ideológico de la sumisión al trabajo capitalista, «el miedo al hambre», ahora ampliado y transformado en miedo al desclasamiento, a la movilidad social descendente, al otro generalizado o a cualquier otra amenaza percibida sobre la capacidad de competir por las migajas que deja la rapiña financiera. Los síntomas superficiales de este tipo de miedo son bien conocidos: desmovilización, microfascismo, atomización, consumismo agónico, guerra entre pobres, psicologización del malestar, etc. Pero este régimen disciplinario descansa sobre una condición que debemos negar categóricamente: la escasez. No hay ninguna escasez real y, por lo tanto, no hay motivos para aceptar los chantajes políticos que dependen de ella para entonar su “no hay alternativa”.
La extraordinaria fuerza de la captación y la centralización de recursos que provoca la financiarización y su redistribución selectiva hacia los estratos más altos de la pirámide de ingresos, ese 10 % (o menos, dependiendo del contexto) de la población que se reparte la gran mayoría del producto social, impiden ver la riqueza social existente. Por un lado, la riqueza de lo materialmente existente, la cantidad de bienes y capital que existen a día de hoy, y que una vez repartida podría cubrir durante mucho tiempo las necesidades de, literalmente, todo el mundo. Pero también la riqueza del conocimiento, de la cooperación social liberada, de las relaciones sociales autónomas, de todas esas dimensiones inmateriales de las fuerzas productivas que están sometidas a un régimen de escasez artificial por un sistema de extorsión social que vive de la captación de externalidades sociales, las restricciones de acceso y de distintas formas de pago de peaje. Propiedad intelectual, privatización de la enseñanza, limitación de las potencialidades del conocimiento y la investigación por culpa de su redirección hacia los intereses inmediatos de la producción capitalista son algunas de las manifestaciones más visibles de esta forma de negación del sentido colectivo de este tipo de producción social.
De otro lado, el reconocimiento de esta enorme riqueza social y su conversión en valores de uso equitativamente distribuidos deben liberar la presión sobre aquellos recursos a los que, por oposición a los recursos socialmente escasos, podemos llamar físicamente escasos. Nos referimos al stock de capital natural que en estos momentos sigue siendo depredado hasta el punto de acercarnos cada vez más rápido a una crisis ecológica mundial, eso sí, bajo el tranquilizador mantra ideológico del capitalismo verde. Más allá del milenarismo bienintencionado de algunas posiciones que auguran el colapso de la civilización capitalista por escasez de recursos, sostenemos que, éste es también un problema inseparable de la redistribución financiarizada, de las formas de propiedad y del poder de mando capitalista. Mientras estos últimos queden inalterados, la conciencia de la escasez de recursos simplemente generará modelos cada vez más duros de dominio sobre el capital natural. Todos estos procesos de divergencia entre las capacidades sociales y las necesidades físicas, por un lado, y los regímenes de poder y propiedad existentes, por otro, apuntan a la pertinencia histórica de un nuevo régimen de gestión de recursos que libere la enorme abundancia existente y modere drásticamente las presiones sobre los ecosistemas naturales, un régimen comunal.
Curiosamente, toda la evidencia existente parece querer contradecir la «tragedia de los comunes» que predecía que la propiedad común necesariamente suponía el agotamiento de los recursos naturales. Al contrario, cuanto más se extiende la propiedad capitalista de la tierra más se sobreexplota el capital natural, más residuos se vierten a la atmósfera y más se deterioran las relaciones físicas que constituyen los ecosistemas. Frente a este horizonte, los pocos reductos en los que la gestión comunal de los recursos sigue dependiendo de comunidades políticamente activas, aparecen como islotes de gestión eficiente, satisfacción de necesidades y sostenibilidad. Y esto a pesar de que justamente sea la bandera de la eficiencia la que enarbolan los discursos neoliberales y sus variantes tecnocráticas. Este proceso supone la constatación de que los ámbitos de reproducción social gestionados por la vía del mercado, e incluso a través de la propiedad pública tradicional, pueden ser mucho menos menos eficientes que la gestión comunal democrática. Y sin duda, la privatización que defienden las distintas variantes del discurso neoliberal redunda en mayor desigualdad al acceso y en una mayor destrucción del recurso. En resumen, lejos de volver al pasado, la apuesta por los comunes supone la entrada en un periodo histórico verdaderamente diferente al nihilismo de la rapiña y la desposesión del que se alimenta el actual capitalismo financiarizado.  De hecho, para captar la importancia histórica del tipo de cambio fundamental que se propone en este texto es necesario tener en cuenta que el capitalismo actual simplemente no puede llevarnos hasta ese punto, ni hacia ningún otro que implique un progreso social medianamente significativo.
Un último apunte debe hacerse respecto a las cuestiones de escala. En este texto, ficción recreada sobre fueros y cartas puebla medievales, nos centramos en la visión de lo que sería un régimen de comunes para la región metropolitana de Madrid. En ciertos aspectos, esta elección nos facilita enormemente la argumentación sobre su pertinencia histórica. Por ejemplo, la gran masa física de capital instalado en el territorio madrileño en forma de infraestructuras y viviendas hacen que sea innecesario plantearse el problema de una mayor acumulación de este tipo de capital y, sin embargo, sea indispensable un modelo de gestión socializada que desvincule este capital del dominio de la oligarquía financiero-inmobiliaria de la región madrileña. En otros aspectos, sin embargo, esta escala es insuficiente. Madrid hace tiempo que dejó de ser una unidad social autocontenida, sí es que alguna vez lo fue, y un programa de liberación de la reproducción social y de gobierno de los comunes debe tener en cuenta las interconexiones globales que hoy constituyen la metrópoli madrileña. Aunque aquí, como no podría ser de otra manera, se dan respuestas a problemas globales, adaptadas al contexto de la metrópoli madrileña —hay pocos problemas propiamente madrileños— para que todo el programa de apertura de nuevos comunes tenga sentido, éste tiene que estar acompañado por movimientos similares en las distintas escalas geoeconómicas. Desde la extensión universal de los comunes, a escala local, hasta el diseño de mecanismos para gestionar los global commons como la atmósfera, los océanos, o el total de la biosfera, pasando por la solución de los problemas de deuda ecológica o déficit de materiales, el espectro de los comunes tiende a la universalidad.
-Dicho de otro modo, el programa de extensión de los comunes
                                                      será global o no será-

mardi 2 août 2011

La policia desaloja infosol y la acampada del paseo del prado (que viene el Papa-diablo!)

FUENTE : TOMA LA PLAZA

  • Para información al minuto: @acampadasol y el hashtag #nopararemos
  • Esta tarde daremos un paseo por Sol a las 20 horas. Esperamos veros allí
A las 6:30 horas de la mañana unas 50 lecheras (furgonetas) de la policía nacional han entrado en la Puerta del Sol y han rodeado los módulos de InfoSol. El objetivo era desalojar y no dejar ni rastro del punto de información que ha estado atendiendo a todas las personas interesadas en el Movimiento 15M desde la disolución de Acampada Sol.
Policía rodeando InfoSolSegún nos ha informado una de las personas de InfoSol que estaba despierta a la llegada de la policía, en ese momento había unas 22-23 personas que habían pasado la noche entre el barracón, la cocina y el módulo de enfermería.
Los agentes (mitad de la policía municipal y mitad de la nacional) han entrado “tranquilamente” y diciendo: “Ya está, hay que irse”. Les han dado 3 minutos para recoger sus cosas y salir.
Todas las salidas estaban bloqueadas por lecheras excepto la de la calle del Carmen, a donde se han dirigido quienes hacían noche en Sol.
Desalojo de Paseo del Prado
Un par de personas de InfoSol han acudido enseguida a Paseo del Prado ya que fue imposible comunicar con ellos. El tramo que va de la Plaza de Cibeles a la de Neptuno estaba repleto de lecheras. Esta vez, únicamente agentes de la policía nacional han desalojado a los acampados de Paseo del Prado. Destaca que llevaban casco, pero no iban vestidos de antidisturbios.
Según nos ha explicado el miembro de InfoSol, ha habido un enfrentamiento entre dos personas y la policía, pero el pacifismo ha reinado en general en ambos desalojos.
Este vídeo recoge el momento en que han desmantelado la cocina:
El vídeo ha sido grabado por un compañero que se encontraba durmiendo en el Paseo del Prado, en su blog puedes ver una crónica con más imágenes (en inglés). En los jardines del Prado permanecían acampadas algunas de las personas que han participado en la Marcha Popular Indignada y llegaron el pasado 23 de julio a Madrid desde distintos puntos del Estado. Se encuentran en Madrid realizando acciones reivindicativas como el apoyo a la comunidad vecinal de Puerta del Hierro.
Una operación de “limpieza” que no podrá borrar un movimiento
Esta operación se ha hecho de madrugada, en el mes de agosto, momento en que hay más personas de vacaciones fuera de Madrid. InfoSol es uno de los símbolos del movimiento ciudadano surgido después de la Acampada Sol. La información es un derecho de todas las personas, y en InfoSol se hacía eso, comunicar a las personas cómo podían participar de la conciencia global de pensamiento que se ha desatado con el Movimiento 15M.
Sol después del desalojo
Precisamente en la Asamblea General del domingo 31, la comisión de Infraestructuras informó de la intención de reducir el punto de información y la dimensión de los módulos. Ante la perspectiva de un posible desalojo los compañeros de InfoSol, días antes ya se habían llevado gran parte de los documentos que acumulaban en el barracón.
En la Puerta del Sol ya no queda ningún resto físico del punto de información. Durante toda la mañana ha habido una fuerte presencia policial en la plaza, se ha permitido la circulación de personas pero se ha impedido que se acercaran a los lugares en los que operarios del servicio de limpieza recogían los restos de InfoSol. También han retirado la placa de cemento que desde el pasado 12 de junio, día en que se levantó voluntariamente el grueso de la acampada, estaba colocada a los pies de la estatua de Carlos III con la inscripción “Dormíamos, despertamos. Plaza tomada”.

El Ayuntamiento de Madrid habla de “recogida de residuos”, pero la comisión de Legal de Acampada Sol recuerda que no se puede llamar residuo a un objeto del que su propietario no se ha desprendido voluntariamente y ha propuesto un modelo de formulario para reclamar la devolución del material intervenido.

Los compañeros de InfoSol, integrada por las comisiones de Información y Propuestas, se han reunido para planear los siguientes pasos. Acampada Sol celebrará una asamblea para continuar tomando decisiones comunes. El protocolo de desalojo de Acampada Sol, vigente desde los primeros días en la plaza, indica que en caso de desalojo volveremos el mismo día a las 8 de la tarde. Como venimos haciendo desde hace ya dos meses y medio, invitamos a todas las personas a hacer un uso responsable y consciente del espacio público. Nos vemos en la plaza.

Los servicios de limpieza nada más desalojar Sol

mercredi 22 juin 2011

LLAMAMIENTO 3 DE JULIO

 
Hemos cambiado el aspecto de plazas y calles. Hemos cambiado los días y las noches. Hemos tomado la palabra y la calle. Hemos construido un movimiento que es ya una IMPARABLE OLA que arrastrará consigo el Viejo Mundo.
El 3 de julio, coincidiendo con la manifestación convocada en Madrid por #nopodranpararnos#, los pueblos y las gentes de la sociedad rebelde realizaremos algo insólito.
Somos la gente desahuciada, condenada, reprimida, despedida, violentada.
Ahora nosotr@s, en vez de ser juzgad@s, os juzgaremos a vosotr@s:
  • A l@s culpables de la miseria y la explotación presente y futura.
  • A l@s culpables de que los calendarios no nos sirvan.
  • A l@s culpables de no ser dueños de nada, ni tan siquiera de nuestras vidas.
  • A l@s culpables de sentirnos parte de un mundo que no hemos elegido.
Organízate en tu ciudad.
No podrán pararnos.

lundi 30 mai 2011

Tercera Ley de Newton: si el pueblo ruge tiemblan los mercados

Dice la tercera Ley de Newton que cuando se aplica una fuerza sobre un cuerpo, éste reacciona con una fuerza de igual intensidad y dirección que la aplicada pero en sentido contrario. Esta ley física, quizás una de las más desconocidas, a pesar de ser la única estrictamente original de Newton, es una buena metáfora para entender lo que se está cumpliendo a día de hoy en Madrid.

lundi 23 mai 2011

JOSÉ LUIS SAMPEDRO: "UN AUTRE MONDE EST CERTAIN"



José Luis SAMPEDRO, 94 ans, écrivain et économiste espagnol. Il a signé le prologue de la version espagnole de INDIGNEZ-VOUS! (INDIGNAOS!) de Stepane HESSEL. Il situe la contestation sociale en Espagne dans une dynamique morale autant qu'économique. 60 ans après les situationnistes, même les vieux cons, qui en ont largement "croquer", s'abonne au discours de la décomposition.