Como ya sabemos esto nunca sucedió, los aguaceros continuaron e
inundaron todo. Al temporal sólo le siguió el miedo, un miedo pertinaz
que caló hasta los huesos, y que se extendió como una plaga. Fue en
extremo extraño, pero las formas corporales cambiaron, muchos se
encorvaron como esperando a que se dispersaran los cielos grises.
Doblados y contraídos, los habitantes urbanos experimentaron la violenta
coherencia de una nueva corporalidad: la mirada cambió, obligada a
dirigirse al suelo, al igual que el paso, más corto y lento. Tal fue
así, que por la cinética de sus movimientos y la extraña proyección de
sus cuerpos, comenzaron a ser conocidos con sobrenombres del reino
animal: erizos, cucarachas, pero sobre todo tortugas. En el nuevo teatro
de sombras en el que se convirtieron las calles de Madrid, se podían
ver decenas de miles de formas proyectadas sobre las aceras, curiosa
mezcla entre humanos y galápagos, extraña confusión de morfologías
producto de las curvaturas del miedo.
Así fueron pasando los meses y los años. Todavía hoy, produce cierto
cosquilleo en el estómago, pues hasta los sectores más activos de
aquella sociedad, acabaron adoptando la posición encorvada, mientras se
preguntaban por qué razón no había habido una revuelta, un estallido
social o al menos un debate sincero sobre lo que estaba ocurriendo.
Argumentos no les faltaban, pues fue entonces cuando se privatizaron la
sanidad, la educación y hasta el agua y el aire. La persecución a los
inmigrantes fue constante y el capitalismo financiero, en continua y
acelerada caída, no dejó de meter su mano en todo aquello que oliese a
dinero. Mientras, los políticos, quizás de los pocos que todavía se
mantenían erguidos, lanzaban discursos solemnes sobre el compromiso
público con la ciudadanía, o bien dejaban escapar insultantes sonrisas
mientras pedían paciencia y reclamaban que todos arrimasen el hombro,
«eran tiempos difíciles» decían.
Pero la crisis siguió. Y a fuerza de esperar a que escampase, los
barrios se deterioraron, el paro creció hasta dejar a cerca de la mitad
de la población sin fuentes de renta seguras, y lo que fue peor, el mal
de la curvatura lumbar se hizo más agudo. Sólo unos pocos se
atrevieron a reclamar algo de dinero para aliviar los dolores de
espalda. Inmediatamente fueron acallados, ese dinero debía destinarse a
reflotar la maltrecha economía. Por otra parte, la reivindicación no
sólo era arriesgada, sino temeraria, pues la crisis no podía permitir
ningún alivio que impidiese a sus habitantes desviar la mirada del
suelo. La solución a la crisis pasaba porque todos tuviesen los ojos y
los pies clavados en tierra, en la más evidente de las necesidades
materiales de su propio cuerpo. El dolor era necesario.
No fue hasta 2015, cuando las reivindicaciones paliativas fracasaron,
cuando algunas, en un ejercicio de valentía que todavía se recuerda,
decidieron afrontar lo que les hacía mirar hacia abajo, señalando la
causa última del encorvamiento generalizado: el miedo. Semejante
atrevimiento podía tener sus costes, al recuperar la antigua posición
corporal, que los habitantes de la ciudad habían perdido hacía ya más de
una década, los ojos, acostumbrados a la sombra que imprimía el propio
cuerpo, podían resultar abrasados. Levantar la vista podía quemar las
retinas, se decía. Es cierto que quienes se propusieron este desafío
tardaron un tiempo en recolocar sus cervicales y el resto de sus
vértebras hasta volver a la posición original. Pero normalmente el
ejercicio de reconstrucción duraba poco, y en unos pocos días se podía
recuperar una visión completa, de arriba a abajo, de la ciudad.

Las cosas habían cambiado mucho, la mayoría estaban peor. La
destrucción de los servicios públicos, el paro, la degradación de los
barrios o el aumento de la pobreza ofrecían imágenes de una tierra
devastada. Pero ¿qué hacer? Muchas cosas sin duda. En las zonas más
afectadas se organizaron comisiones que daban apoyo básico frente a
problemas y situaciones de urgencia. También se tomaron las plazas y se
ocuparon casas vacías y solares abandonados, a fin de al menos tener
techo y organizar algunos servicios elementales, desde una mínima
asistencia sanitaria hasta la formación elemental de aquellos que habían
sido expulsados de las escuelas privatizadas. Ponerse erguido
comenzaba a tener sentido, más allá de la valentía de las primeras
osadas.
Pero la realidad no era la misma para toda la ciudad. En ocasiones,
las caóticas avenidas, eran atravesadas por coches espectaculares, que
iban y venían a gran velocidad; en algunas calles se veía un lujo
increíble, plagadas de tiendas como museos y palacios como catedrales.
Siguiendo los pasos de los habitantes que las frecuentaban, todos ellos
erguidos y despreocupados, se acababa en un puñado de zonas
residenciales fortificadas. Allí vivían los súper-ricos, los que habían
aprovechado la crisis para aumentar sus fortunas.
La pregunta era obvia. Si el miedo a la crisis parecía haberse
instalado en toda la sociedad ¿cómo es posible que un sector de la misma
saliera indemne, o incluso beneficiado? La respuesta también lo era.
Los recién incorporados vieron todo lo que les habían robado mientras
andaban con la mirada perdida en el suelo. La crisis había sido un
simple robo. Era sencillo, la riqueza que entre todos y todas se había
producido seguía ahí, sólo que ahora estaba mucho peor repartida.
Era el momento de pensar. Y las comisiones de apoyo se propusieron
hacer inventario del saqueo. No podían dedicarse simplemente a gestionar
la miseria. Las protestas y las luchas incipientes, siempre
reprimidas, acabaron por concluir en la redacción de un programa. Se
trataba de redactar una constitución que invirtiese la situación y
estableciese los derechos que correspondían a todos los habitantes de
la ciudad de Madrid. A esta ley la llamaron la Carta de los Comunales. Y
para su redacción volvieron a la época del Medievo. Pues entre legajos
y fueros antiguos, encontraron una palabra, «común», que no podía ser
definida ni por referencia a la propiedad privada ni al Estado,
apostando por un modo (comunitario) de hacer las cosas que nada tenía
que ver con el mercado. La Carta encarnaba el espíritu del momento,
propugnaba un nuevo estatuto ciudadano en el que las instituciones
públicas fuesen exorcizadas igualmente de la burocracia y de los
intereses económicos, reconducidas a un territorio nuevo (los
comunales), lejos de la clase política y los flujos financieros.
Como en toda coyuntura histórica que encuentra una lectura adecuada,
la Carta concitó el interés de la mayoría. Fue apoyada por cientos de
miles de ciudadanos y prohibida por las instituciones municipales y
regionales, quedando proscritas aquellas juntas comunales que empezaron a
crearse. La tensión no cejó desde entonces. Las comisiones crecieron y
su capacidad para gestionar servicios cada vez más amplios, llegó a
generar lo que podríamos llamar el embrión del primer procomún urbano.
La paradoja es que si por un lado la represión fue brutal y salvaje
contra las manifestaciones y huelgas sociales, no se atrevió con las
redes de apoyo y subsistencia que hacían funcionar ya buena parte de los
recursos de la ciudad. La Carta acabó así por convertirse en una
especie de
mantra de resistencia. Como los cuentos de los
pueblos antiguos, desde entonces, ha seguido siendo recitada por miles
de espontáneos, promesa de realidad los nuevos adeptos a la resistencia.
Hoy, tocando a su fin el año 2023, con más de diez años de
insurrección permanente a nuestras espaldas, reproducimos por primera
vez sobre papel sus primeras versiones, las más poéticas: modesto
homenaje a aquellos primeros resistentes que se atrevieron a vivir
erguidos.