samedi 24 septembre 2011

LA MAQUINA HUMANA

Fuente: Pepitas de calabaza editorial
 
Reseñado de "El mito de la máquina" de L. Mumford por Eugenio Trías en el ABC cultural.
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Lewis Mumford propuso una nueva hipótesis de la evolución humana en “El mito de la máquina”. Una crítica al progresismo decimonómico a favor del cerebro y el lenguaje.

El mito de la máquina fue publicado en 1964. Ahora ha sido reeditado en castellano. Es muy importante que los grandes libros sigan vivos. Y es muy de agradecer que una editorial se ocupe de publicar este, junto con su continuación, El pentágono del poder. Me referiré solo al primero, que ya había visitado a principios de los años 70. Al volver a leerlo he quedado tan impresionado como la primera vez.
Se trata de un fresco sobre la evolución humana que se traza a partir de una hipótesis muy convincente. Parte de una crítica demoledora de la idea de homo faber tan propia del progresismo decimonónico, en el que se primaba la herramienta y la mano como responsables de la evolución del hombre.
La idea de homo faber debe ser cuestionada, al decir de Lewis Mumford. Es Johan Huizinga y su homo ludens, y no Karl Marx, el que mejor se acerca a la clave de la evolución humana que el “materialismo histórico” pretendía descifrar a través de una lucha de clases de claro contenido material, del cual cultura es un constructo ideológico. El hombre no es ante todo sujeto fabril, ni la invención de la piedra pulimentada es la responsable de los grandes tiempos prehistóricos.
Es necesario repensar la evolución humana a partir de una hipótesis bien distinta, dando primacía al hecho más incuestionable, que no es la creación de utensilios manuales, sino la formación de una cerebro muy superior al de toda la escala evolutiva, capaz de concebir los más audaces proyectos y, sobre todo, con un excedente de imagen, de deseo y de pulsiones enfrentadas que se documenta en sus sueños.
Antes de la eclosión de las pinturas y esculturas rupestres, mucho antes de los inicios de asentamientos, algo portentoso había sucedido. Se trata de unas invenciones extraordinarias: ante todo el lenguaje, aquel con el que el homo sapiens convierte un mundo de cosas en un sorprendente universo de palabras, con la gestación consiguiente de la significación y el sentido. Y junto al magno invento del lenguaje, la capacidad de acompasar cuerpo y movimiento en la incipiente música danzada; o la intervención en el propio cuerpo a través de tatuajes y pinturas.
El hombre no es ante todo, señala Mumford, un animal fabricante de herramientas. Es, sobre todo, un animal soñador, capaz de ser invadido, en una proporción jamás comparable a los sueños animales, por auténticos relatos procedentes de ese “otro mundo” que sugiere ya, desde el desdoblamiento onírico, un mundo más allá de este mundo. Se gesta así la cultura humana: el asombro de ese animal en vías de humanización por sus ancestros, sus muertos; el temor sagrado que impone la muerte; el alborozo ante el nacimiento; la fuerza sacra que esparcen los misterios de su vida (sexualidad, violencia, crímenes); todos aquellos componentes que explican, mucho mejor que la evolución de las herramientas, el trascendental pasaje de la naturaleza a la cultura.

Dioses, demonios, armas
Incluso en situaciones de precaria subsistencia, el hombre buscó siempre tiempos libres. De él derivaron sus grandes hallazgos e inventos, siempre filtrados por sus sueños. No a partir de la praxis sino de la contemplación y de la conversación ociosa. También inició sus reflexiones sobre los misterios de la reproducción, de la muerte, de la supervivencia. De pronto toda su imaginación se vuelca en la creación de figuras de dioses, demonios, espíritus, almas. El sol, la luna, las constelaciones, con sus signos zodiacales, son los principales candidatos a la divinización
Y al fin sucede otra trascendental mutación. Se crea y construye la Megamáquina. Este es el momento más brillante del libro de Mumford. Era la ciudad, desde sus orígenes en Egipto y Mesopotamia, lo que mejor respondía a esa noción de Megamáquina. Pero lo que le produce asombro y consternación a Mumford, ya lo que consagra muchas inspiradas páginas, es lo que a todos nos ha conducido a contemplar, sin creérnoslo del todo, la erección ante nuestros ojos, muy cerca de los confines de El Cairo, de esa prodigiosa pirámide de Gizeh, la más perfecta de todas.
¿Qué mente pudo idear tamaño proyecto?¿Cómo fue posible el traslado a través de ríos y desiertos de piedras inmensas que luego fueron perfectamente pulimentadas?¿Qué extraordinario equipo de artesanos logró tal perfección y exactitud en las piedras , y en su ajuste piramidal?¿Qué gran equipo de arquitectos, dignos antepasados de Albert Speer, el colaborador de Hitler, logró esa proeza?
Mumford responde: fue obra de la Megamáquina. Pero esta no era, a su entender, un dispositivo mediante el cual se daba el perfecto pulimentado a esos bloques de piedra, sino algo mucho más importante y decisivo, y que la alusión hitleriana, y su escenografía de desfiles que Albert Speer preparaba, le da total pertinencia.
Esa exactitud sin un solo fallo de ejércitos en batallón, formaron ante el Führer , con el cuerpo perfectamente disciplinado, tuvo en el antiguo Egipto su magno precedente: una masa humana adiestrada hasta formar una máquina de mucha mayor potencia, maestría y exactitud que todos los logros de la automoción (o esa mecanización exaltada en un gran libro de Sigfried Giedion, La mecanización toma el mando).

Torre de Babel
El hombre no intercaló la máquina entre él y la naturaleza; lo hizo, pero eso no fue el primum movens, el primero y decisivo impulso y proyecto. A partir de un cerebro divinizado dirigente y de su jerarquía de capataces, educadores y funcionarios, logró conformar el cuerpo humano de una masa infinita de hombres adiestrados y disciplinados, verdaderos ejércitos de movimientos automáticos perfectos. Eso era la Megamáquina: una masa de cuerpos capaz de las mayores proezas al ser accionados por una voz de mando. Los campesinos y los cazadores fueron transformados en un hiperejército máximamente adiestrado de masas humanas dedicadas a transportar moles de piedra y a juntarlas en un puzle perfecto.
Batallones en formación extraordinariamente disciplinada, de una exactitud sorprendente, bajo el hechizo seductor del cerebro dirigente divinizado, el Faraón, y con el santo temor del látigo del capataz, el castigo, las torturas , las condenas, y una burocracia de escribas de natural prekafkiano. Todo un universo jerárquico que vigilaba y castigaba, pero también hechizaba y seducía (en la figura divinizada del Faraón) a un inmenso cuerpo movilizado a través de la esclavización de ingentes masas de prisioneros, o del servicio obligatorio –seguramente periódico- del campesinado del Nilo.
Por momentos este gran libro parece discurrir por cauces que habíamos visto en el mejor cine mudo, en escenas de Metrópolis, de Fritz Lang, a través del sermón de María sobre la construcción de la Torre de Babel. Masas de hombre formando un bloque sin fisuras, arrastrando moles de piedra en una época anterior a la invención de la rueda.

Un libro fascinante. Dejo para otra ocasión internarme en el segundo volumen. Hay que agradecer que las mejores lecturas de nuestra vida sigan vivas en nuestra cultura, revisitadas en valientes editoriales, y a través de buenas traducciones.

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